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jueves, 10 de abril de 2014

A vueltas con la neutralidad de la Red

            La situación de mayor oligopolio creada por la fusión entre Comcast y Time Warner Cable ha reavivado el debate sobre la llamada neutralidad de la Red (Net Neutrality), que viene coleando a lo largo del último año en Estados Unidos.

            Inicialmente, la Federal Communications Commission (FCC), el organismo regulador de las telecomunicaciones en ese país, había emanado una norma que prohibía a los proveedores de internet (como las operadoras de telefonía) discriminar u obstaculizar a determinados distribuidores de contenidos a través de la banda ancha (como las plataformas de VoD). Sin embargo, la compañía Verizon llevó esta legislación a los tribunales (USA Court of Appeals - District Columbia Circuit) y obtuvo una sentencia favorable. Así pues, la FCC ha tenido que dar marcha atrás momentáneamente. El nuevo responsable de esta Comisión, Tom Wheeler, férreo defensor del Open Internet (internet abierto), está dispuesto a seguir adelante y lograr una nueva regulación sobre la neutralidad de la Red que satisfaga a todas las partes implicadas, cuestión nada fácil.


            Detrás de este debate se encuentra respuestas a diversos interrogantes: ¿Debe ser internet un espacio libre de regulación? ¿Debe considerarse la red como un canal más de distribución –como el cable o el satélite– y por tanto susceptible de ser alquilado? ¿Tiene derecho el proveedor de internet de manipular el acceso y la velocidad de los proveedores de contenidos rivales, en aras de la defensa de sus intereses comerciales (mercado competitivo)?

Verizon vs the FCC

            En 2010, la FCC adoptó un conjunto de reglas acerca de la neutralidad de la red que, entre otras cosas, impedía que los proveedores de servicios de internet dificultaran o bloquearan el tráfico de contenidos o favorecieran a unas plataformas sobre otras, salvo en caso de una “gestión razonable de la red”. Sin embargo, Verizon desafió esta regulación, alegando que la FCC no tenía la competencia para imponerlas. El tribunal de apelación reconoció la capacidad de la FCC para regular a los proveedores de Internet, pero encontró fallos de forma. En concreto, los jueces dictaminaron que este organismo regulador estaba tratando a los proveedores de Internet como si fueran “portadores comunes de redes” (common carriers) –al igual que las empresas de telefonía fija– pero sin clasificarlas explícitamente como tales.

Tom Wheeler (Fuente: New Yorker)

            Según Wheeler, la sentencia del caso Verizon vs the FCC no significa una renuncia a sus aspiraciones: “Tendremos en cuenta todas las opciones disponibles, incluida la apelación, para garantizar que estas redes de las que depende internet sigan proporcionando una plataforma abierta a la innovación y a la libre expresión, presentes en el interés de todos los estadounidenses”, afirma. Una posibilidad es que la nueva regulación acerca de la neutralidad de la Red se haga de modo similar a la de la itinerancia de datos, que ha resistido el escrutinio legal. De este modo se conseguiría la necesaria flexibilidad para las empresas de telecomunicaciones en su margen de maniobras competitivas, al tiempo que permitiría a la FCC vigilar posibles conductas abusivas.

A favor y en contra de la regulación

            Son muchas las voces que apoyan a la FCC, tanto desde instancias políticas como profesionales. De hecho, fueron varios senadores republicanos quienes introdujeron en su momento la Open Internet Preservation Act, aprobada luego por las instancias competentes. Uno de ellos, la senadora Anna Eshoo, declaraba: “Al eliminar las normas que prevenían a los proveedores de banda ancha de discriminar e incluso bloquear el contenido que circula en la Red, la decisión judicial representa una amenaza para la apertura y la libertad que han hecho posible el éxito de internet ”. Por parte de los profesionales, un comunicado de la Writers’ Guild of America (WGA) West aseguraba sin ambages: “Esta sentencia supone un golpe a la libre competencia, a los consumidores y a los creadores de contenido. El internet abierto es ya una realidad. Permitir que sucumba a las fuerzas corporativas que buscan controlar aquello a lo que los consumidores pueden acceder, socava los principios democráticos de la total apertura en los que se basa internet”.

            Por el contrario, los proveedores de internet defienden la libertad de movimientos para garantizar la adecuada gestión del tráfico en la Red, sobre todo cuando puede haber picos en los que un solo distribuidor como Netflix  acapara más del 30% del tráfico streaming del país. Además, según ellos, el adecuado desarrollo de la banda ancha debe estar ligado algún tipo de discriminación de precios.

Implicaciones para la industria del entretenimiento

            Como se comentaba al inicio, el nuevo gigante Comcast-TWC arroja la sombra de un mayor oligopolio. La industria del entretenimiento necesita cada vez más de las plataformas de VoD –sean servicios de streaming tipo Amazon Prime o set-top boxes como Apple TV–, y el temor de que los proveedores de internet y banda ancha se conviertan en intermediarios obligados y exijan peajes desmesurados tiene su fundamento. Los estudios de Hollywood se han mostrado siempre un tanto ambiguos sobre si desean o no la neutralidad de la red, salvo en lo referente a controlar la piratería, en cuyo caso están a favor de todo tipo de medidas. En cualquier caso, la ausencia de normas otorga gran poder a los proveedores de internet, que tienen la llave de acceso de la banda ancha en los hogares. No es de extrañar que el presidente de Google, Michael Beckerman, afirme: “los proveedores de internet tienen ahora luz verde para imponer tarifas y levantar barreras anticompetitivas a los proveedores de contenidos”.


            Parece ser que una de las vías de solución puede ir en la línea de “pago por consumo individualizado”, es decir, que cada usuario pague en función del porcentaje de banda ancha que utilice, de modo similar a las tarifas eléctricas y no una tarifa plana. Se trata de un modelo de precios similar al del tráfico inalámbrico de datos, que está exento de las reglas anti-discriminación de la neutralidad de la red. Sin embargo existe el temor de que todo ello acabe traduciéndose también en costes adicionales para los proveedores de contenidos.

Netflix vs Comcast

            Uno de los fervientes defensores de la neutralidad de la Red es Reed Hastings, CEO de Netflix, quien ha accedido a pagar a Comcast para disfrutar de una conexión directa con este gigante del cable, aunque lo ha hecho a regañadientes. “Algunos de los proveedores de internet más poderosos [en referencia a Comcast] obligan a pagar un peaje, ya que controlan efectivamente el acceso a millones de consumidores. Y están dispuestos a sacrificar los intereses de sus propios clientes con tal de presionar Netflix y a otros para que lo hagan”, escribe en su blog. “Netflix cree firmemente que neutralidad de la red es fundamental, aunque en el corto plazo deberemos pagar el peaje a los proveedores de internet para proteger a nuestra experiencia del consumidor”. Y así ha sido. Según algunos analistas, la compañía de Hastings desembolsará unos 12 millones de dólares al año a Comcast en concepto de peaje de conexión, si bien esta cantidad se traduce en apenas 50 céntimos por megabite por segundo al mes, uno de las tarifas más bajas de las existentes.

Reed Hastings (Fuente: Fortune)

            En efecto, las plataformas de distribución de contenidos como Netflix van a estar sujetas a los costes adicionales de uso de la Red. Siempre ha sido así en otros ámbitos (como el cable o la telefonía). El quid de la cuestión no estriba en si se debe pagar o no, sino más bien si se trata de un precio razonable. A eso se une la garantía de asegurar que los proveedores de internet, aunque sean “propietarios” de la Red, no favorezcan a unas plataformas sobre otras. Y en la actual situación en la que los grandes actores (grupos multimedia) poseen tanto los canales (internet) como los contenidos, es algo difícil de garantizar. La FCC tendrá que emplearse a fondo.


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lunes, 24 de marzo de 2014

Comcast-Time Warner Cable: estrategia obligada vs. mayor oligopolio

       A mediados del mes pasado saltó a la palestra informativa el acuerdo de fusión entre Comcast y Time Warner Cable (TWC). La pólvora que provocó el estallido mediático no era tanto el hecho de que TWC estuviera a la venta –otros pretendientes como Charter Communications habían mostrado su interés en adquirirla–, sino el hecho de que fuera la compañía líder en el sector del cable quien finalmente se hiciera con su inmediato competidor. Como no podía ser menos, saltaron todas las alarmas anti-oligopolio. De hecho, el acuerdo debe ser aún sancionado por los organismos reguladores competentes. No es casualidad que en estas semanas se hayan multiplicado las voces que esgrimen argumentos –más en contra que a favor– de esta operación. Este caso, como otros parecidos, ofrece un buena ocasión para reflexionar en torno a qué hay detrás de ciertas operaciones empresariales y cuáles son de sus consecuencias en el mercado, así como qué papel juegan los contenidos en estas metaformosis empresariales.


“Conglomerate Hollywood”

      En los últimos veinticinco años, la industria hollywoodiense se ha visto succionada por el torbellino que ha dado origen a estos grandes grupos de comunicación. Como explica el historiador Thomas Schatz, la década de los 90 vio nacer el llamado Conglomerate Hollywood (“Hollywood Corporativo”), o integración de las majors en la amalgama multimedia de estas nuevas macroestructuras empresariales, surgidas por el ímpetu arrollador de la digitalización y la globalización, gracias a los nuevos aires desreguladores del momento. Como resultado, han ido surgiendo estos nuevos gigantes mediáticos que recoge la tabla 1. Como se aprecia, son en su mayor parte norteamericanos, si bien es cierto que la globalización de la industria y de los mercados está llevando a la internacionalización de las compañías, tanto desde el punto de vista del origen de sus recursos como del alcance geográfico de sus operaciones. De tanto en tanto el tablero vuelve a agitarse con la agrupación/incorporación de jugadores, pero, en general, los jugadores de la primera liga siguen siendo los mismos.

Fuente: Mediadb, EAO y elaboración propia

       No está de más recordar que estas fusiones empresariales, posibles gracias a la revolución digital, se basan en la estrategia de aglutinar continentes (empresas de telecomunicaciones, operadores de cable, satélite y plataformas digitales) y contenidos (productoras y distribuidoras audiovisuales). El objetivo no es otro que obtener el mayor control posible sobre la cadena de valor del producto y sobre su explotación comercial, fomentando las posibles sinergias en ese proceso. En este contexto hay que situar el acuerdo entre Comcast y TWC.

Consolidación de una posición de dominio

            Resulta adecuado precisar que TWC (anteriormente llamada Warner Cable Communications) se había desprendido del grupo Time-Warner en 2009, y funcionaba como una empresa independiente, aunque mantuviera el mismo nombre. Es más, no incluía otros canales emblemáticos del grupo como la CNN o la HBO, que permanecían en la compañía matriz. A finales del año pasado, comenzaron los rumores de que TWC estaba a la venta. Aunque Charter  Communications había mostrado su interés en adquirirla en repetidas ocasiones, de modo sorpresivo se anunció el cierre del acuerdo con Comcast.

            Por su parte, Comcast es, a fecha de hoy, el primer grupo de comunicación a nivel mundial según el volumen de facturación. Asimismo ocupa el primer puesto entre los operadores de cable y proveedores de internet en Estados Unidos, y el tercero entre los operadores de telefonía de ese país. En los últimos años, esta compañía ha seguido una agresiva estrategia de compras y fusiones, que le ha llevado hasta esa posición de liderazgo indiscutible.

Fuente: Variety

            La fusión entre ambas compañías se ha realizado bajo la fórmula de intercambio de acciones por valor de 45,2 billones de dólares. Esta operación ha originado un importante terremoto en la industria del entretenimiento estadounidense, hasta el punto de hacer saltar todas las alarmas por el peligro inminente de un mayor oligopolio. La tabla 3 recoge el ranking de los operadores de cable en Estados Unidos en 2013, o –como son llamados ahora–, los multichannel video programming distributors (MVPD).

Fuente: National Cable & Telecommunications Association y Compañías
            Detrás de esta estrategia de Comcast se encuentra su deseo de posicionarse como el líder del sector, a la vez que se dispone a hacer frente no solo a sus más inmediatos competidores (los que figuran en esta tabla) sino a otros nuevos como Netflix, Hulu o Amazon Prime. “Nuestra compañía representa una intersección única entre medios y tecnología –afirma el presidente de Comcast, Brian Roberts–. La oportunidad de innovar en productos, servicios y experiencia del consumidor tanto en el hogar como en la empresa constituye nuestro principal motivación”. En efecto, mediante esta operación, el nuevo gigante será capaz de aportar plenamente la experiencia “TV Everywhere”, y las sinergias entre telefonía y televisión. Para empezar, Comcast aportará a los suscriptores de TWC una velocidad de conexión cinco veces superior a la que tienen ahora mismo.


            Ahora bien, ¿puede ser beneficioso la creación de un oligopolio semejante, donde una sola compañía acumulará casi el 30% del total de suscriptores, con presencia en 19 de los 20 circunscripciones o mercados televisivos de Estados Unidos?

La versión oficial

            En un alarde de buenas prácticas de comunicación corporativa, Comcast emitió un comunicado en su momento en el que se esfuerza por presentar los beneficios de esta fusión. Estos son sus principales puntos:
  • Comcast se desprenderá de algunos canales para no superar el 30% del mercado (número de suscriptores) y cumplir así con la regulación antimonopolio.
  • Esta operación no hace peligrar la competencia en ningún mercado relevante, ya que Comcast y TWC no compiten en los mismos mercados regionales del país. Esta ausencia de solapamiento horizontal asegura que la operación no perjudicará a la competencia ni reducirá la capacidad de elección de los consumidores.
  • Los beneficios para los suscriptores serán múltiples: aumento de la oferta de contenidos (más de 50 mil títulos a través de VOD, más 300 mil programas a través de Xfinity TV), mejores conexiones (velocidad banda ancha), mejores transacciones, mejores opciones publicitarias.
  • Aunque reconocen la existencia de cierta preocupación sobre la merma de competitividad en este mercado, piensan que las principales críticas provienen de sus inmediatos competidores. No siempre el mayor tamaño implica abuso de poder. En cualquier caso, están en manos de la Federal Communications Commission (FCC), organismo regulador que deberá aprobar la fusión.
            Así pues, el camino no está ni mucho menos expedito. Quizá por ello mismo la compañía que lidera Brian Roberts continúa haciendo un intenso lobbying en Washington –según el Centro de Políticas Responsables (Center for Responsive Politics), Comcast ha invertido 18,8 millones de dólares en esta actividad (y entra en el ranking de las diez empresas que más gastan para obtener beneficio político). Sin embargo, su labor de convencimiento no se reduce a la arena política.

Motivos para la preocupación

            Utilizando un eslogan que se hizo famoso en nuestro país –en otro ámbito de reclamaciones–, podríamos decir que “hay motivo” para entender el clamor de voces críticas. De hecho, ya hay circulando por Twitter el mensaje “Don’t  let #ComcastTWC  kill  Competition  and  Innovation”.

            A simple vista, desde luego, basta observar la tabla anterior o la siguiente para advertir que la situación de oligopolio es, cuanto menos preocupante. Si aplicáramos los índice de concentración más comunes a ojo de buen cubero, nos saldría un resultado elocuente. Por ejemplo, el Four Firm Concentration Ratio (CR4) mide el grado de concentración a partir de los porcentajes de mercado acumulados por las cuatro compañías líderes en un sector. Así, se entiende que existe una situación de monopolio si el ratio se acerca al 100%; y de oligopolio si supera el 40%. Si los porcentajes son menores al 40%, se habla de competencia perfecta. Como se ha visto, la fusión entre Comcast y TWC roza el 30% del mercado, y se llega al 40% con las cuatro primeras compañías. El otro baremo es el índice Herfindahl-Hirschman (HHI). En términos sencillos, HHI clasifica de 0 a 10.000 la situación de una determinada industria, siendo 0 el caso de que una industria concreta esté formada por multitud de pequeñas compañías de tamaño parecido, y 10.000 el caso de una industria formada por una sola compañía en total monopolio. A partir de aquí se establecen distintas escalas: Por encima de  2.500, se habla de “muy concentrado”; entre 1.500 y 2.500, “moderadamente concentrado”; y por debajo de 1.500, “poco concentrado”. En este contexto, se mide el impacto de las fusiones empresariales. Si una determinada operación hace que el índice HHI de un sector varíe entre 100 y 200 puntos, salta la alarma de los organismos reguladores. Según ha publicado algún analista, el HHI resultante de la fusión rozaría la figura de 2.500, una cifra que supondría un aumento de 500 o 600 puntos con respecto a la situación actual.

Tabla 4: Ranking proveedores de internet (banda ancha)
Fuente: Gigaom

            No es de extrañar, por tanto, el coro de voces críticas en contra de esta fusión, cuya compañía resultante actuará como gatekeeper (posición dominante) en el negocio de los alquileres de la red para servicios de banda ancha. Según un informe de la firma Moffett Nathanson Research, “con esta nueva fusión los programadores se verán en la obligación de llegar a acuerdos de alquiler o de uso de la red con Comcast-TWC, de modo que esta compañía tendrá un control casi unilateral sobre lo que llegará o no al público norteamericano”. Y un abogado de una asociación defensora de los derechos de los consumidores añade: “La compañía resultante será como el matón en el patio del colegio, capaz de dictar los términos a los creadores de contenidos, a las compañías de internet, a otras redes de comunicaciones que debe interconectarse con ella, y a los distribuidores que deben acceder a su contenido”. En términos semejantes se expresa el presidente de la asociación Free Press: “Comcast tendrá el poder de mercado sin precedentes sobre los consumidores y una capacidad sin precedentes para ejercer su influencia sobre los canales o empresas que desean llegar a los clientes de Comcast”. E incluso la Writers Guild of America (WGA) se ha sumado al coro de opositores.

            De momento, pocas voces a favor han intervenido en los medios –fuera de los representantes de la propia Comcast–. Entre ellas figura la de Chad  E.  Gutstein, antiguo director de Ovation, un canal sobre arte independiente distribuido por Comcast, autor de un artículo de Variety (quién sabe si animado por el gigante de la comunicación). Básicamente, recoge los argumentos a favor que explica el comunicado oficial de Comcast, si bien termina lanzando una serie de preguntas que invitan a la reflexión:Al final, esta fusión trata sobre la capacidad elegir entre distintas opciones. ¿Optará  el gobierno de Obama por tratar de conseguir mediante la negociación lo que él mismo y el Congreso han sido incapaces de lograr mediante la regulación? ¿Serán capaces los defensores de los consumidores de renunciar a la batalla quijotesca contra la dimensión de las compañías para ganar en cambio la guerra a favor de la protección de las voces independientes, la mejora del acceso de banda ancha, un internet abierto, precios razonables para el consumidor y el futuro de la televisión? ¿Estarán los estadounidenses de acuerdo en otorgar el beneficio de la duda a una gran empresa, con un historial probado de no abusar de su poder de mercado, y adoptar así la estrategia de ‘confía pero comprueba’ en un acuerdo que ofrece unos cuantos beneficios junto a unos cuantos riesgos definidos y manejables?”.

Cuestiones a debate

            La compañía que lidera Brian Roberts reconoce el camino va a ser largo y puede truncarse. La fusión con NBC/Universal duró dos años desde el anuncio del acuerdo hasta su ejecución final. Otras operaciones semejantes, como el intento de fusión de AT&T con T-Mobile fue abortado.

Fuente: Los Angeles Times

            El punto de equilibrio es delicado. De un lado, las nuevas reglas de juego y la actual coyuntura económica empuja a las compañías a adquirir un tamaño considerable, lo que obliga a que haya pocos jugadores en cada sector. Ocurre en la banca, en la industria del automóvil, en las aerolíneas o en la industria editorial. El sector de la comunicación y el entretenimiento no es una excepción. Al mismo tiempo, aunque resulte paradójico, existen unas reglas que deben respetarse para favorecer la competencia y el “fair play”. Habrá que ver cómo convive lo uno con lo otro. Quizá cambien o se flexibilicen las normas. Quizá se dé el visto bueno a la existencia de gigantes que actúan en situación de cuasi-monopolio (como Google), siempre y cuando no cruce determinadas líneas rojas (y colabore con el gobierno de turno, claro).

            Comcast se está esforzando en comunicar que no abusará de su futura posición de mayor dominio, habida cuenta de que será el mayor proveedor de banda ancha del país. Nadie duda de que lo hará ahora, con el fin de obtener el visto bueno de la fusión. Sin embargo, habrá que ver qué sucede cuando tenga la sartén por el mango. Al mismo tiempo, tanto Washington como Wall Street –y por supuesto, Hollywood– dan por hecho que este nuevo gigante obligará a nuevas fusiones entre sus inmediatos competidores.



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