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miércoles, 9 de julio de 2014

Cómo la digitalización está transformando la industria cinematográfica (3): Exhibición

            En esta tercera entrega sobre el impacto de la tecnología digital en la industria cinematográfica, nos centraremos en el sector de la exhibición. El aumento de calidad de imagen y sonido –aplicable no solo a grandes producciones sino también a películas modestas– así como la mejora de los aparatos de consumo doméstico (home cinema, smart TV), ha obligado a los exhibidores a potenciar la experiencia cinematográfica en salas y a diversificar su modelo de negocio, ampliando la oferta de contenidos.

Cine digital: mejora de la experiencia audiovisual


           Tal y como hicieron en la década de los 50, frente al desafío de la televisión, y en la década de los 80, frente a la implantación del vídeo, los exhibidores han respondido a la amenazada de la competencia digital mejorando los estándares visuales y sonoros de los cines, gracias a los nuevos formatos de imagen y sonido digital.

La explosión del fenómeno 3D a gran escala –en especial para largometrajes de imagen real–, comenzó en el año 2009, gracias al éxito de Avatar, que alcanzó los 2.800 millones de dólares en el mundo entero, y continuó con Alicia en el país de las maravillas (2010), que superó los mil millones. Desde entonces, se ha convertido en un estándar de las superproducciones de Hollywood. Y no solo eso: también se han comenzado a reestrenar clásicos de animación en 2D (como El rey león o La bella y la bestia), en 3D (Toy Story o Buscando a Nemo) u otros éxitos (Star Wars: la amenaza fantasma o Titanic) en tres dimensiones (todos ellos en 2012).



            De modo paralelo, los cines han ido incorporando progresivamente proyectores digitales. A fecha de hoy, cerca del 75% de los cines del mundo entero han migrado ya del estándar analógico al digital. De hecho, los primeros proyectores instalados, de calidad 2K, están ya siendo reemplazados por modelos 4K e incluso 6K. La mayoría de los estudios de Hollywood han anunciado que a partir de 2015 ya no estrenarán ningún título en 35 mm. (coincidiendo con el anuncio del cese de fabricación de celuloide por parte de los principales proveedores, como Kodak o Fuji). Un último hito en esta línea ha sido la introducción del estándar High Frame Rate (HFR), a 48 fotogramas por segundo, a raíz del estreno de la primera entrega de El hobbit, en diciembre de 2012, que obligó a los exhibidores del mundo entero a incorporar esta nueva tecnología entre sus opciones de proyección.

            En relación con la respuesta de los espectadores, las cifras de recaudación de estos últimos años muestran que el buen funcionamiento de las películas en 3D. En Estados Unidos, el porcentaje de taquilla perteneciente a películas estrenadas en este formato ha girado en torno al 18%. En Europa, este porcentaje bascula según países entre el 15% y el 25%.

Hacia la (bi)polarización del producto cinematográfico


           La nueva fisonomía del mercado cinematográfico llevará, según algunos expertos y profesionales, a una progresiva bipolarización del producto cinematográfico. De un lado, las películas más espectaculares –como las grandes superproducciones de Hollywood–, con grandes dosis de acción, efectos especiales y aventura, diseñadas especialmente para una experiencia sensorial inmersiva (3D, sonido digital envolvente), que serán estrenadas en la gran pantalla, y con visos de convertirse en franquicias. De otro lado, las películas convencionales, tanto comerciales como de nicho, que irán directamente al mercado doméstico (vídeo-bajo-demanda a través de la red). “Al final acabará habiendo muy pocos cines, y mucho más grandes –comenta George Lucas–. Ir al cine costará 50, 100 ó 150 dólares, lo mismo que ir a Broadway o a un partido de fútbol [americano] (…). Habrá grandes películas para la gran pantalla, con grandes presupuestos. Y el resto irán a la pequeña pantalla, tal y como sucede ahora”. Esas “grandes películas para la gran pantalla” se conocen como event-movies (“películas-acontecimiento” o “eventos cinematográficos”), caracterizadas no solo por convertirse en grandes éxitos de taquilla (blockbusters), sino por constituir un acontecimiento desde el punto de vista promocional (campaña de marketing extensiva e intensiva), mediático (atención generalizada de los medios) y social (referente de moda).



            Esta bipolarización tardará todavía un tiempo en ser efectiva, dado que depende del cambio en la actual secuencia de ventanas, así como de la consolidación del consumo online. En cuanto a lo primero, depende del consenso entre los representantes de cada mercado y, de momento, los exhibidores no parecen muy proclives a renunciar a su período de exclusividad. En cuanto a lo segundo, está ligado a la implantación de la banda ancha y a una oferta de títulos suficientemente atractiva.

Transformación de la exhibición: proyecciones de eventos y a la carta


           La proliferación de ventanas (o pantallas) ha llevado a que la competencia por exhibir el producto cinematográfico sea cada vez mayor. Como afirma Michael Gubbins, si bien “internet ha aumentado de manera sustancial el poder de elección del usuario y ha fragmentado el consumo, creando un deseo sin precedentes de consumo no lineal, de igual modo ha servido para fortalecer el deseo por lo auténtico y único. En lo referente a los deportes y a la música, por ejemplo, donde han proliferado los contenidos online y los canales televisivos especializados, las áreas de crecimiento se han producido en el terreno de los espectáculos en vivo”.

            Conscientes de la ventaja competitiva que supone las excepciones cualidades visuales y sonoras de las salas, los exhibidores han aprovechado este deseo para ampliar la oferta de contenidos –deportivos, musicales o culturales–. Así, en 2010 comenzaron en España las retransmisiones en algunos cines de partidos “estrella” de la liga de fútbol en 3D, así como la final del torneo de tenis Open de Madrid. Al año siguiente, la ópera Carmen (producida por la Royal Opera House) fue retransmitida en 3D desde un cine londinense a más de 1.500 salas repartidas por todo el mundo. De manera similar, el concierto del grupo de rock Iron Maiden titulado Flight 666 se proyectó en 500 salas de 42 países, con una asistencia total de más de cien mil espectadores. Lo mismo ocurrió durante las Olimpiadas de Londres en 2012. A estas proyecciones alternativas se las conoce como “Event Cinema” o “Alternative Cinema”. Según Screen Digest, los espectáculos extracinematográficos más frecuentes en los cines europeos durante el año 2012 fueron: ópera (36%), teatro (19%), ballet (13%) y conciertos musicales (11%).



            Otra fórmula nueva en fase de exploración por parte de algunos exhibidores –en este caso mucho más marginal– son las proyecciones a la carta (cinema-on-demand). Algunos ejemplos serían MovieMobz en Brasil o Moviepilot en Alemania. Básicamente, estas iniciativas consisten en reunir por internet una masa crítica de espectadores interesados en ver una película concreta, y acordar con un determinado cine la proyección de ese filme (alquiler de la sala), habiendo pagado las entradas por adelantado. Como cabe suponer, se trata de una actividad ligada a la cinefilia o a intereses de otro orden (iniciativas solidarias), y por tanto su rentabilidad es todavía marginal.

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lunes, 9 de diciembre de 2013

La revolución Netflix continúa: hacia el estreno simultáneo multiplataforma

           En una reciente intervención, durante la última edición del Film Independent Forum, el responsable de contenidos de Netflix, Ted Sarandos, lanzó una propuesta revolucionaria para unos y amenazadora para otros: “¿Por qué no estrenar películas en Netflix a la vez que en los cines?”.



            La idea del estreno simultáneo de películas en varias plataformas o ventanas (simultaneous release) sobrevuela Hollywood desde hace años, y ha levantado una polvareda de opiniones encontradas. A favor se encuentran algunos directivos de empresas innovadoras como el propio Sarandos, el multimillonario Mark Cuban, empresario y productor, y algún importante representante de las majors como Bob Iger, presidente de Disney. En contra, se sitúan los propietarios de las salas de cine y otro porcentaje de ejecutivos de Hollywood, de mentalidad más conservadora.

            En su intervención, Sarandos dirigió su crítica sobre todo a los primeros –“no culpo a los estudios, porque siempre tratan de ser innovadores”, matiza. En cambio, con su resistencia a variar el status quo de la secuencia de explotación comercial e innovar en su modelos de negocio, los exhibidores “no solo van a acabar con las salas de cine, sino que podrían acabar incluso con las películas”, subraya. Esta severa profecía del responsable de contenidos de Netflix se fundamenta, por un lado, en el cambio de paradigma en el modelo de distribución, basado en el consumo personalizado; y, por otro, en la necesidad de paliar el efecto de la piratería. “¿Por qué no satisfacer el deseo del consumidor de ver las películas cuando quiere –continúa Sarandos–, en vez de gastar decenas de millones de dólares en llegar a personas que no pueden permitirse vivir cerca de un cine, y que tendrán que esperar cuatro o cinco meses antes de poder verla?”.


Ted Sarandos (Variety)                                                                            John Fithian (Zimblo.com)

            La respuesta de la National Association of Theaters Owners (NATO), a través de su presidente, John Fithian, no se ha hecho esperar: “Los servicios baratos de suscripción y alquiler de películas acabaron con el negocio del DVD, y ahora Sarandos quiere acabar también el cine”, afirma. “El único negocio que se vería favorecido por la liberación de la actual secuencia de ventanas es Netflix. Si Hollywood hiciera lo que Sarandos sugiere, no quedarían muchas películas para los clientes de Netflix ni para ningún otro. No tiene ningún sentido acelerar el estreno en un eslabón posterior de la cadena [de distribución] desde el punto de vista del negocio”. Los argumentos de Fithian no parecen muy sólidos. Para empezar, el DVD ha muerto por sí mismo, desde el momento en que, gracias a la digitalización, desaparece la copia física (como ha ocurrido en el caso de la música y de los libros). Por otro, no está claro que deje de haber películas para la ventana online; más bien, al contrario, ya que el mercado principal seguirá siendo el consumo personalizado desde los hogares (home entertainment).

Razones para un debate

            ¿Hasta qué punto puede resultar beneficioso que una película se estrene a la vez en las salas y en internet? Es indudable que parte del público que acudiría al cine no lo hará si tiene la opción de ver un título de estreno en internet –por encontrarse lejos de las salas, por mera comodidad o incluso por ahorro. Sin embargo, parece más alta la probabilidad de que un porcentaje significativo de potenciales espectadores accedan a ver una película de estreno en una plataforma digital por un precio razonable. Disponibilidad de oferta, grado de accesibilidad y precio competitivo son tres claves que favorecen el consumo online frente a la piratería. En resumen, el total de facturación de una determinada película puede ser mayor si se permite su consumo a través de distintas opciones y no mediante un sistema rígido de explotación; es decir, el total de espectadores agregados puede ser sensiblemente superior al que tendría la película con la actual desglose de ventanas.

            Eso sí, la modalidad de estreno simultáneo significaría la pérdida de privilegio de los exhibidores. “Si no mantenemos las ventanas tal y como están ahora, las salas de cine no tendrán ninguna posibilidad [de subsistir]”, asegura uno de los propietarios de salas en Estados Unidos. En Europa, por otro lado, hace tiempo que los exhibidores han comenzado a experimentar la diversificación de la oferta y proyectan no sólo largometrajes, sino retransmisiones de espectáculos deportivos y musicales.

            En cualquier caso, el pressing de la NATO ha sido eficaz y Sarandos se ha visto obligado a matizar su discurso: “No me refería a un estreno simultáneo en sentido estricto (‘día y fecha’), sino a la necesidad de reajustar las ventanas para acercarnos a lo que el consumidor quiere”. En concreto, el directivo de Netflix propone reducir el periodo de exclusividad de los cines de 90 a 45 días. Aunque los exhibidores se resisten incluso a este reajuste, lo cierto es que la posible merma de ingresos sería mínima. Según Doug Stone, presidente de Box Office Analyst, el 96% del total de taquilla –en el caso del mercado norteamericano– se obtiene en las primeras seis semanas (42 días), así que, a partir de ese momento, los ingresos son marginales. “Cuando surgió el vídeo, todo el mundo predijo que los cines iban a hundirse –comenta Stone–, y lo cierto es que la asistencia a las salas no dejó de crecer”. Es más, algunos exhibidores verían con buenos ojos la posibilidad de estrenar en salas algunos títulos que hayan resultado exitosos en internet.

Renovarse o morir

   El estreno simultáneo multiplataforma se ha experimentado en unos pocos casos. Quizá los más conocidos sean los de Bubble (2005), dirigida por  Steven Soderbergh, y The Road to Guatanamo (2006), codirigida por Mat WhitecrossMichael Winterbottom. Por el carácter experimental de ambas películas, no existen cifras que sirvan para determinar el alcance de estos intentos.



           En 2011 Universal se propuso utilizar esta fórmula para su comedia Un golpe de altura (Tower Heist) –a cambio de un precio desorbitado para la opción de internet (59,99 US$)–, pero este intento fue abortado por la amenaza de boicot de la NATO. Desde entonces, se ha visto más oportuno apaciguar los ánimos y buscar el momento oportuno. El órdago de Sarandos y la reacción que ha provocado entre los exhibidores demuestra que ese momento todavía no ha llegado.

            Sin embargo, el cambio es imparable. Como señala un articulista de Deadline, Netflix ha sido solo el último en unirse a la discusión actual sobre cómo deberían evolucionar los modelos de distribución cinematográfica. Ahí está ejemplo de la televisión, que se ha adaptado al cambio de un modo más ágil. El cable e internet han superado a la programación convencional. Los espectadores desean ver los contenidos televisivos cuando, dónde y cómo quieran. En el ámbito del cine independiente, el estreno multiplataforma ofrece una alternativa viable al modelo tradicional de distribución, donde se necesita un importante gasto en copias y publicidad. Por otro lado, como afirmaba Sarandos, ¿tiene sentido invertir tanto dinero en promoción para el estreno cinematográfico, y luego volver a invertir más aún para relanzar ese título de nuevo, cuando llega al mercado del DVD?

            De momento, cada cual sigue en sus trece. Para el presidente de los exhibidores norteamericanos, “las salas de cine generan el mejor retorno para la industria del cine, por el reparto de taquilla y por el control individual del consumo. Netflix, en cambio, produce un retorno mínimo. Ted [Sarandos] es parcial: defiende el modelo de Netflix porque es su negocio. Yo, en cambio, defiendo los intereses del cine en general (…). No puedo oponerme a que lo intente –continúa Fithian–, pero sus ideas sobre el modelo de estreno simultáneo son simplemente una locura y podrían acabar destruyendo la industria del cine”. El aludido tiene otra visión completamente distinta: “Descubrir nuevas maneras de hacer rendir mejor el mercado es algo saludable para los estudios, pero hacerlo a costa del entusiasmo de los consumidores por el producto me parece ir demasiado lejos. Por eso soy un gran defensor de adelantar la ventana de vídeo bajo demanda premium dentro del ciclo de explotación. Solo intento reajustar las ventanas para que la gente decida no seguir robando [mediante la piratería]. La actual secuencia de ventanas se articuló mucho antes de que la gente dispusiera de internet en sus casas (…). Aferrarse a un sistema obsoleto no sirve para nada, salvo para fomentar la piratería”. Y concluye: “Netflix está innovando en nombre de los consumidores, está logrando que cada vez el consumidor se encuentre más cerca de lo que quiere. Creo que es mucho mejor negocio ofrecer a los consumidores lo que quieren, que crear barreras artificiales entre el producto y el consumidor”. Sarandos dixit. Y mucho me temo que, a raíz de los argumentos esgrimidos, el tiempo le dará la razón.

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lunes, 11 de noviembre de 2013

¿Es caro el cine en España? (y II)

            Retomamos el debate sobre el precio de las entradas de cine en nuestro país, tras la buena acogida de la última edición de la Fiesta del Cine. Hace escasas semanas, El País publicaba una interesantísima entrevista a varias bandas con representantes del sector cinematográfico y del público. En concreto, Juan Ramón Gómez Fabra, presidente de Federación de Cines de España (FECE); Enrique González Macho, distribuidor-exhibidor y presidente de la Academia de Cine; Susana de la Sierra, directora del Instituto de la Cinematografía y las Artes Audiovisuales (ICAA); Adolfo Blanco, consejero delegado de la distribuidora A Contracorriente Films; Fabia Buenaventura, directora general de la Federación de Asociaciones de Productores (FAPAE), y Marién Kadner, una joven espectadora que participó en el evento.

Fuente: El País (Ávaro García)

            Los argumentos esgrimidos por unos y otros arrojan bastante consenso. Me permito resumirlos en 5 grandes propuestas.

1) El cine como la principal y más exquisita experiencia audiovisual

            La enorme afluencia de público en esta convocatoria (1,5 millones de espectadores en apenas 3 días) lanza un nítido mensaje a los cuatro vientos, que sintetiza Fabia Buenaventura:  “El público ha hablado claro: nos gusta ver películas en pantalla grande y queremos rebaja de precios”. En esta misma línea se expresaba Daniel Sánchez Arévalo (director de La gran familia española, que durante la Fiesta del Cine tuvo un 557% más de espectadores) en un artículo publicado también en El País: “No hay menos demanda de películas, solo cambios en los hábitos de consumo. El cine sigue siendo el arte más popular y edificante para la gran mayoría. Iniciativas como la Fiesta del Cine así lo demuestran. Hay ansias de ver cine, de consumir películas EN EL CINE. Y cosas así nos tienen que hacer reaccionar y abrir los ojos. Es algo que tenemos que atender”. Y Enrique González Macho remata: “Me atrevo a decir que habría gente que por primera vez entraba en una sala, y espero que la experiencia les haya descubierto que el cine visto en una sala llena es una emoción muy distinta. (…) Somos conscientes de que esos 2,9 euros por entrada es un gesto al público, no una operación económica. Ese precio es inviable, pero es cierto: hay deseo de ver cine”.

            El público joven español ha dado muestras de preferir el disfrute de una película en las mejores condiciones posibles, viviendo la experiencia “inmersiva” y sensorial que ofrecen hoy día las salas de cine. En este sentido, algunos expertos inciden en que la ventana cinematográfica nunca desaparecerá. Eso sí: quedará reducida a películas más espectaculares (Avatar o El hobbit), o singularmente diseñadas para la gran pantalla (Gravity).

Fuente: El País (Carlos Rosillo)

            Junto a ello, resulta de capital importancia una mayor inversión en marketing, como añade Adolfo Blanco: “Tenemos que hacer deberes para que estas películas evento se repitan más: buen boca oreja, gran promoción (…). Nos cuesta mucho lanzar las películas. Publicitar una película en España es más caro que en el resto del mundo. Lo mismo las televisiones públicas deben promocionar más las películas en cartelera, y no solo las producidas por ellos. Es crear afición en la población, que para eso es una cadena pública, como se hace en Italia…”.

2) Revisar los acuerdos entre los distribuidores y los exhibidores

            “Es hora de que exhibidores y distribuidores se pongan de acuerdo de manera conjunta y bajen los precios de las entradas de cine, y lo acompañen de una campaña contundente para recuperar la confianza que otros han aniquilado –sigue afirmando Sánchez Arévalo–. Y así conseguir que la Fiesta del Cine no solo sea tres días al año, sino 365. Trescientos sesenta y seis si es bisiesto (…) Ya sé que estamos en plena crisis”. Y añade: “Dentro de esta situación, los distribuidores y los exhibidores son unos valientes por tratar de soportar sobre sus hombros el peso de un mercado desmembrado y ruinoso”. Lo mismo apunta Fabia Buenaventura: “Hay que realizar un esfuerzo de ajustes de precios bien comunicado, y reducir el IVA, que de una atacada bajaría un euro el precio. (…) Es el momento de entender que tal y como está la situación económica de las familias en España hay que hacer cambios sin por ello hundir la cadena industrial: producción, distribución (que recibe cerca del 43% del precio de una entrada) y exhibición (que se lleva el 33% restante, descontados impuestos)”.

            La solución parece sencilla, pero no lo es. Así lo explica Juan Ramón Gómez Fabra: “Para una bajada real de precios hay que pensar en nosotros los exhibidores, en la alta fiscalidad, pero también en los distribuidores, que se llevan casi la mitad de lo recaudado por entrada. Ese parámetro no ha cambiado cuando sí lo ha hecho el ritmo de consumo: antes una película estaba en cartel cuatro meses. Ahora importa el primer fin de semana, las películas se lanzan con 500, 600 copias, los propios exhibidores las ponemos en cuatro pantallas de un complejo. Damos respuesta a ese ansia, y a la semana siguiente los otros estrenos empujan a esos filmes a segundo plano. Otro gran cambio es que antes el cine era una salida de ocio habitual. Ya no existe ese hábito. Ahora es un evento, y solo si logras que tu película sea un evento triunfas en taquilla. Otro detalle: si lográramos parar la piratería, es posible que los distribuidores ganaran más con los otros mercados (DVD, visionado on demand, televisiones) con lo que no apretarían tanto su porcentaje en la entrada de las salas”.

Fuente: Fotogramas

            Por su parte, Enrique González Macho detalla: “De una entrada el 24% se va en impuestos y ahí no rascamos. Del resto la mitad, muy aproximadamente, se queda en el cine y la otra mitad la distribuidora. En los cines tenemos que pagar empleados, impuestos, electricidad, las instalaciones, aislamientos térmicos y acústicos… Y pagas lo mismo vayan 10 personas o 1.000”. Y concluye: “Una bajada que hiciéramos los dueños de los cines de 15%, que puede sonar grande, no repercute más que en algo más de un euro”. Y Josetxo Moreno, de los cines Golem añade: “En España, los exhibidores tenemos el porcentaje de taquilla más bajo de Europa  (8 puntos por debajo del Reino Unido, 6 menos que Alemania y 5 por debajo de Francia). A esto se une que pagamos mayores tarifas que ellos por consumo eléctrico”.

            Por otro lado, como añade Gómez Fabra “En España la media de ocupación es de un 12%, bajísima [venden 12 entradas de cada 100 posibles]. Solo logras movimiento en tres sesiones fuertes en toda la semana: ya no hay negocio en las noches laborales. Y las distribuidoras fuertes, las majors, te piden un dinero fijo por entrada, no dejan negociar”. En efecto, en España las majors de Hollywood actúan en situación de seudomonopolio y mantienen los porcentajes de taquilla más altos de toda Europa. ¿Cómo hemos llegado a esta situación. “Por culpa nuestra –reconoce el representante de FECE–. Cuando hay tantas salas compitiendo, quieres ese taquillazo a toda costa”. Lo cierto es que, como apunta González Macho, “no puedes prescindir de las películas de las cinco majors, porque suponen el 80% del mercado. (…). No soy antiamericano, pero con los años en el cine he aprendido que o trabajas con ellos o trabajas para ellos. Contra las majors no haces nada”.

3) Redimensionar el mercado

            Con todo, la solución no pasa solo por reajustar los acuerdos porcentuales que ligan a los exhibidores y a los distribuidores, sino también por redimensionar el mercado. Así lo asegura el actual presidente de la Academia de Cine: “Hay más problemas: se siguen estrenando unas 550 películas al año en España, y unas 20 concentran el 90% de la taquilla. Tenemos además un parque de salas sobredimensionado. Lo normal sería una pantalla por 25.000 habitantes. Aquí estamos en una sala por 14.000 habitantes, encima mal repartidas: en muchas capitales de provincia no hay ni una. Porque se creció pensando solo en que todos los centros comerciales tuvieran salas. Eso sí, como hemos sido los últimos en la carísima reconversión tecnológica al digital, tenemos las más modernas”.

4) Continuar el impulso de nuevas medidas promocionales

            Desde hace ya unos años, los exhibidores han puesto en marcha medidas para incentivar la afluencia del público a las salas. Es un esfuerzo loable, y qued debe continuar. Adolfo Blanco lo tiene claro:  “Ajustemos el precio a la demanda. Como distribuidor a veces querría dar algunas de mis películas a menor precio, para sensibilizar y educar al público, o que las entradas fueran más baratas según pasen las semanas de esa película en cartel. Dinamicemos como en Francia los pasaportes, que por un fijo —no sé, 300 euros— puedas ver las películas que quieras todo un año: sería un gran regalo de Navidades. Precio reducido desde el domingo por la noche para todos los días laborales. Y pensemos en acciones radicales para cuando, por ejemplo, llegue el Mundial de Fútbol. ¿Una Fiesta del Cine de 15 días?”. Y Enrique González Macho apostilla: “Sí pido al público que busque salas con buenos precios: en Madrid se pueden ver películas de estreno a 5,50 euros, y por aún menos si posees una tarjeta de fidelización. Se impone un gesto universal —sin llegar a acuerdos, que están prohibidos por el Tribunal de la Competencia— de bajada de precios”.

Fuente: ABC Sevilla

            Entre las medidas de incentivo al espectador en estudio se encuentran, por ejemplo, celebrar la Fiesta del Cine varias veces al año, aprovechando su tirón popular; aplicar la discriminación de precios, es decir, establecer diferentes precios de entrada según las películas (en virtud de su presupuesto, formato, gasto en promoción, etcétera); recuperar el día (o los días) del espectador con entradas más baratas; fomentar los abonos por número de películas o periodo de tiempo; u ofrecer precios especiales para familias que acudan a ver películas infantiles.

5) Reeducar al público en favor de la cultura y de la propiedad intelectual

            Todo lo anterior es factible, si los representantes de la cadena de valor del producto cinematográfico (productores, distribuidores, exhibidores) logran un consenso. Sin embargo, más difícil parece esta última propuesta, que tiene que ver con la reeducación del espectador (y, en especial, del público joven).

            Quizá la opinión de Marién Kadner, una de los muchos jóvenes que acudieron a la Fiesta del Cine, resulte representativa de un espectro más o menos amplio de su generación: “Como estudiante el cine me parece caro y eso que no compro palomitas o bebidas y otros consumibles. A mí me encanta ir al cine, y verlo en una gran pantalla, al igual que mis amigos. Lo mismo somos unos románticos. Porque entre ver una película a cuatro euros en una sala o verla pirata, pago. Pero sigo sin entender por qué no se puede bajar a ese precio las entradas”. Y añade: “La cultura me parece cara, aunque soy sensible a que haya que pagarla”.


            “Es innegable que el espectador es sensible al precio –responde Gómez Fabra en nombre de los exhibidores–, pero el precio puede verse de dos maneras: de la percepción que tenemos de él y de su valor real. La gente piensa que las entradas son caras, aunque en realidad es el precio neto más barato de Europa. El aumento del IVA fue la patada final cuando estás al borde del precipicio”. Para la directora del ICAA, Susana de la Sierra, “el precio es importante, pero no el único factor. Estoy de acuerdo con que la subida del IVA ha tenido su impacto, pero ha sido más psicológico que real, porque la percepción de que el cine era caro ya existía, y aumentó. Y además de apelar y comunicar las ofertas, debemos explicar a la gente por qué una entrada cuesta lo que cuesta. Una película tiene grandes costes. El abandono de las salas no solo se debe al precio. No restaría importancia a la piratería, porque si tienes gratis un producto te olvidas de la experiencia estética de ver una película en sala. Para cada generación hay razones distintas de la huida: el público infantil ha dejado de ir porque consume más audiovisual en casa, los padres jóvenes necesitan pagar canguros…”. Y Gómez Fabra corrobora: “Han cambiado los hábitos del consumo, pero curiosamente la gente con televisores inmensos ven películas pirateadas con rayas y problemas de sonido. Es un problema educacional, hemos perdido de vista los valores de calidad. Y ni hablo de la piratería”.

            En mi opinión, aquí yace un déficit cultural que debemos subsanar: la concienciación de los jóvenes respecto de la piratería y del aprecio por la propiedad intelectual. A muchos les parecerá una batalla perdida, pero todo es cuestión de constancia y buena argumentación. Y para los escépticos, ahí tenemos el ejemplo del tabaco…

La vuelta a la (cruda) realidad

            No han faltado quienes han visto el éxito de la Fiesta del Cine como un espejismo. Tienen parte de razón, como apunta Enrique González Macho: “Ahora que volvemos al día a día, no hagamos demagogia: fue un hecho excepcional con un precio excepcional, con una afluencia inmensa de público como se da en los festivales de cine, que llenan salas en ciudades que el resto del año están vacías”. Algunos, como Adolfo Blanco, lanzan mensajes esperanzadores: “Yo soy optimista con el futuro del cine. Se consume más cine que nunca, pero el que se ve en sala vive un terremoto. En España está más amenazado que en ninguna parte del mundo porque sufrimos la tormenta perfecta, en la que se han juntado el IVA, la carísima digitalización de las salas, la piratería… Ahora bien, tenemos la obligación de aceptar el reto que nos han planteado los espectadores. No podemos dejar que se enfríe este momento: debemos aprovecharlo. No se puede esperar dos meses en un ‘a ver qué hacemos’”. Por su parte, Daniel Sánchez Arévalo advierte sobre el peligro de no reaccionar a tiempo: El cine es caro. Creo. No sé si es verdad. Ni siquiera sé si es lo que yo pienso. Pero para la gente el cine es caro. Y punto. Se está aniquilando la costumbre de ir al cine. Ha dejado de ser algo que se hace con asiduidad. Ir al cine hoy día es algo extraordinario. Circunstancia ante la que no estamos reaccionando. Y eso no puede ser”.

            Visto lo visto, coincido con la opinión de Borja Hermoso, que concluía así su columna en El País: “Hay muchos malos aquí. Incluso los cineastas incapaces de conectar con el público lo son. Y los ministros de zapatos a los que les da por hablar de paraguas. También lo somos un poco todos, consumidores en potencia o en actos, muy capaces de la queja e incapaces de reflexionar sobre los porqués, los dóndes, los cómos y los cuándos. Incapaces a menudo de discernir acerca de lo que merece la pena, incluido el acto de gastarse los cuartos. ¿Es caro el cine? Sí. Que reflexionen los que viven de él, ahora bastante mal, por cierto. Pero ese ‘sí’ es, como todo, relativo”.


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